Apenas duró un año. El mayor complejo deportivo para el fútbol base de toda Canarias se empezó a resquebrajar a los nueve meses de su inauguración. Su instalación sobre una montaña de basura de 25 metros de altura obligó a realizar tantos parcheos que la obra se encareció un 22% en sólo tres años.
Siete meses antes de las elecciones de mayo de 2003, el entonces alcalde, José Manuel Soria, inauguraba los campos de fútbol de La Ballena. En medio de un barranco olvidado de la ciudad, que sólo se utilizaba para separar Escaleritas de La Feria y para llenar de escombros la playa de Las Canteras, apareció de repente el mayor complejo de fútbol base de Canarias. Eran 100.000 metros cuadrados que apenas duraron seis meses.
Pocos se acordaban, pero en el año 2000 se decidió construir el complejo deportivo sobre un vertedero. Aquellos campos relucientes de verde escondían bajo sus pies una montaña de basura de 25 metros de altura, casi como un edificio de 10 plantas.
Los técnicos ya habían advertido de la escasa consistencia del asiento. Un informe de 2003, encargado a 3G Ingeniería, asegura que desde que se desarrolló el proyecto «se tenía conocimiento del riesgo que se asumía al realizar las instalaciones en estas condiciones».
Menos de diez meses después de la inauguración de los campos comenzaban los problemas. En verano de 2003 se producen las primeras deformaciones de importancia. El terreno empezaba a ceder y hubo que cerrar el vestuario número tres. Empezaban los parches. Y con ellos, el gasto añadido de dinero. Desde el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria se calcula que el precio del proyecto se encareció un 22% en sólo dos años debido a las continuas reformas que ha habido que acometer. El parque salió a licitación por un precio de cinco millones de euros pero el presupuesto pronto subió hasta los 5,5 millones, en parte por los modificados propios de toda obra, pero en parte también por las reparaciones. La más importante de todas fue el refuerzo del vestuario número 3, que vino a suponer una inversión de 300.000 euros. A estas cantidades hubo que sumar luego 2,6 millones para los vestuarios y la cafetería, así como 1,1 millones para el césped artificial y el equipamiento deportivo. En total, 9,2 millones de euros.
Pero el barranco seguía hundiéndose. Y lo hacía a un ritmo tan grande que los técnicos empezaron a preocuparse de la posibilidad de un deslizamiento de la ladera de Escaleritas. Por eso, en 2005 hubo que inyectar una nueva cantidad de dinero: esta vez eran 1,4 millones de euros, que dejaban el proyecto total en 10,6 millones de euros.
¿Esta es la gran forma de gestionar que tuvieron los populares? Y esto es solo un ejemplo.






