
GUANARTEME.- Hoy ya celebramos otro catorce de Abril. Y una vez más tendremos que oir las mismas palabras necias, manipuladoras e interesadas que escupen la realidad histórica de aquel régimen fenecido por la fuerza.
Un año más seremos cuatro gatos defendiendo la modernidad y la democracia real. Porque la mayoría piensa que los españoles son una manada de anormales que no saben convivir y que por lo tanto necesitan a una persona impuesta, ahí en medio, para «unirles y que no se peleen». No sin otro argumento se entiende que exista en el poder supremo del estado un Borbón eternizado, sin reelección posible, y que deja su sucesión al arbitrio de su pene y sus espermatozoides. Si su pene no se levanta, peligra España, si sus espermatozoides deciden niña, también.
Eso si, siempre aplaudidos por las niñas bobaliconas, las analfabetas de ttelenovela, o los bobos que creen todavía en la nobleza, la sangre azul o el glamour de las realezas.
Mientras todos los países «desarrollados» de nuestro entorno lucen democráticas Repúblicas, cuando hasta Bután se ha quedado sin Rey, aquí seguimos auto-insultandonos y manteniendo un régimen votado en una referendum constitucional que supuso, en lugar de un acto de democracia, el acto de coacción política más salvaje del siglo XX en el estado español. Al pueblo se le dijo, «esto es la libertad, o esto o el franquismo». Así fue y así persiste hasta ahora. Y esto gracias a la tansigencia de los que ahora son calificados como intransigentes , trasnochados y comunistas, que antepusieron a sus intereses los de la sociedad que, aún coaccionada, iba a mejorar.
La institución monárquica es trasnochada y antidemocrática. Antidemocrática porque no es elegible en convocatoria electoral, porque la ausencia de control alguno sobre sus actividades, su patrimonio y sus gastos a cargo del erario público, así como la crítica visceral a quienes, como les asiste la libertad de expresión, solicitan que se controlen y den información pública, es lo menos transparente y democrático que puede existir.
La monarquía españolista representa además un estado autonómico insolidario, economicamente, y fascineroso en cuanto a su unidad. Un estado unido por la imposición y las armas del ejercito, tal y como dice la constitución, y no por la igualdad, el derecho a la Autodeterminación o el federalismo solidario. Esta monarquía defiende fueros medievales que diferencian a unos españoles de otros, unos de primera y otros de segunda, conciertos económicos que evitan pagar los impuestos al estado a unas autonomías y otras si y hasta con malos modos.
Esta monarquía dinamita el principio de igualdad de oportunidades cuando pasea a dedo y con dinero público, a los empresarios que le hace menester, por el mundo para que hagan negocio y se hagan ricos en un ejercicio de «libre mercado».
En fin, seguiríamos escribiendo horas y, ya es tarde. Me quedo con estas frases del manifiesto unitario del 2009,
Así, frente a la Monarquía, apostamos por más Democracia, por la III República. Una Republica, Federal, Laica, Solidaria y Participativa en la que se reconozca el derecho de autodeterminación, de los pueblos que conforman el Estado y conforme a lo recogido en la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas que acabe con los privilegios religiosos y promulgue el Estado laico con una real separación Iglesia-Estado; donde los Derechos Humanos, efectivos y exigibles por ley, sean el referente inexcusable sobre el que pivote toda acción de gobierno: un Estado republicano con una Justicia verdaderamente independiente del poder ejecutivo que asegurare el derecho de todos los ciudadanos a disponer de una justicia rápida, justa y efectiva; República cuya práctica política sea la Democracia Radical promoviendo cauces reales que favorezcan la participación democrática de los ciudadanos y éstos, con derechos y obligaciones, sean los sujetos centrales de la acción política y social: Todos estos elementos, en su conjunto, hacen que la República, como forma de Estado, sea un modelo moralmente superior, más justo y democrático que el actual Estado monárquico, ofreciendo además, sin lugar a dudas, un marco más idóneo donde poder desarrollar y defender los derechos políticos y sociales que demanda la ciudadanía.





