
GUANARTEME.- Como no tengo categoría ni buen hacer de escritor, todo lo que puediese decir de Javier Ortiz sería pedante, así que es mejor en estos momentos callar y leer lo que escriben sus amigos y los buenos columnistas y escritores, que compartieron algo con el.
Uno de ellos es Nacho Escolar, primer director de Público, diario donde escribía,
Javier Ortiz, la metamorfosis y la muerte
Javier Ortiz dejó escrito su obituario, “una humorada”, porque no quería que el día en que de verdad se muriese “cualquier gacetillero inútil” arruinase su muerte “con una necrológica burocrática y de circunstancias”. No fue sólo por eso. Sus compañeros en El Mundo, hace unas horas en el tanatorio de Madrid, recordaban que Javier, que nunca perdió su buen humor, prometió que algún día escribiría su propio obituario, una sección que él fundó en El Mundo y a la que dedicaba tantas horas que parecía inevitable que en ella también enterrase su último artículo. La muerte es una certeza, las únicas incógnitas son el cómo y el cuándo. Las cosas nunca suceden como se planean: en el corto camino hacia su obituario, Javier Ortiz acabó divorciándose del que fue su diario –diferencias irreconciliables, pasa en los mejores matrimonios– para llegar a las páginas de Público, que hoy están de luto porque ni Javier tenía edad para morir ni un periódico que aún no ha cumplido los dos años de vida se merece enterrar tan pronto a uno de sus fundadores.
Conocí a Javier no hace mucho, en el verano de 2007, unos meses antes de la salida de Público. Lo conocí en persona, quiero decir, porque hacía muchos años que leía sus artículos, recortaba sus textos, repasaba a diario su blog. Para muchos de los que arrancamos este periódico, Javier Ortiz era ya una guía, una referencia; un periodista honesto y coherente con sus ideas al que nunca le importó meter el dedo en la llaga, decir lo que nadie quiere escuchar, pensar a contracorriente.
Hace un año, tal vez más, tuvimos una larga conversación sobre la muerte. Acababa de fallecer uno de sus hermanos y me sorprendió la fuerza con la que afrontaba la tragedia y también, como después demostró ante su propia muerte, su sentido del humor. Ya entonces hacía tiempo que había dejado escrito su propio obituario. Supongo que ya sospechaba que más pronto que tarde iba a morir. Supongo que ya se había preparado para ello.
Hace unos días, en una de sus últimas columnas Javier Ortiz citó a otro maestro, Manuel Vázquez-Montalbán, en una frase que a él también le definía: “Te acuestas siendo un triste socialdemócrata y, por la mañana, cuando te levantas, resulta que te has convertido en un peligroso izquierdista. Como el tiempo trascurrido te ha pillado en la cama y durmiendo, deduces que la metamorfosis no puede ser cosa tuya, sino de los demás”.
La metamorfosis de los demás a Ortiz no le cambió. Tampoco pudo con su excepcional sentido del humor que, como su coherencia, le acompañó hasta el final, hasta su última frase, hasta su obituario.
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